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Contra la Dictadura de las Semillas

Crece el movimiento contra los cultivos transgénicos y a favor de una agricultura autóctona y sostenible

"Cobra fuerza un movimiento de agricultores, agrónomos y ecologistas que defiende una cultura agrícola propia y lucha por conservar las especies vegetales autóctonas, la gran mayoría perdida por culpa de una industria agraria que, en aras del mayor rendimiento comercial, ha borrado de los campos productos desarrollados durante cientos de años"
XAVIER MAS DE XAXÀS - Balaguer / Mura
La agrómoma Esther Casas afirma que Catalunya ha perdido más del 75% de su biodiversidad vegetal
Ahora que Catalunya se ha convertido en una de las regiones de Europa con más maíz transgénico, cobra fuerza un movimiento de agricultores, agrónomos y ecologistas que defiende una cultura agrícola propia y lucha por conservar las especies vegetales autóctonas, la gran mayoría perdida por culpa de una industria agraria que, en aras del mayor rendimiento comercial, ha borrado de los campos productos desarrollados durante cientos de años.
Gramíneas, como el trigo y el maíz, calabazas, melones, sandías, lechugas, berenjenas y tomates - por citar sólo unos cuantos productos- ya no son como los de nuestros antepasados porque el campesino ha perdido el control de las semillas. Ahora están en manos de multinacionales que, de acuerdo con la demanda del mercado, imponen variedades que maduran al mismo tiempo, se pueden recoger con máquinas, resisten el transporte y la conservación en frigoríficos.
Esta agricultura contemporánea, según la FAO, ha provocado la pérdida del 75% de las variedades vegetales en el mundo. La agrónoma Esther Casas cree que en Catalunya se supera este porcentaje. "La situación es muy grave. No hemos sido capaces de conservar la biodiversidad agrícola y la pérdida de este patrimonio genético también supone una pérdida de la cultura agrícola", aseguraba el pasado jueves en Les Refardes, una finca de la Diputación de Barcelona en un valle próximo a Mura, donde, gracias a su esfuerzo, crecen tomates del Pare Benet, calabazas esponja, judías veramar, pimientos república, berenjenas blancas y lechugas maravilla, entre decenas de otros vegetales en peligro de extinción.
Lejos de allí, en los campos planos y abiertos de la Catalunya Nova, a orillas del Segre, entre Balaguer y Menàrguens, Josep Pàmies mima sus lechugas maravilla con la nostalgia del que sabe que ahí, en cada planta, está la historia genética de su agricultura, y que, aún así, a pesar de esta antigüedad, difícilmente podrá volver a vender una. Triunfó en Lleida y fue la reina de Mercabarna entre 1987 y 1988, pero no resistió la competencia de las lechugas murcianas, cultivadas con técnicas que las hacían invencibles: todas iguales, como si hubieran salido de una cadena de montaje, limpias, con un aspecto perfecto y un sabor que, olvidado el gusto original y rústico de las lechugas, no era tan malo.
"Durante 40 años fui un payés químico, tal como me enseñaron - explica Pàmies-. Utilicé las semillas que me vendía la multinacional, los abonos, los pesticidas y los herbicidas, hasta que me di cuenta del daño que había causado a la tierra y el entorno. Ahora me reciclo y lo hago por mis hijos y mis nietos porque no somos sólo lo que comemos sino, sobre todo, lo que plantamos".
Pàmies produce tres millones de lechugas en doce hectáreas: "Gracias a la recuperación de especies naturales que atacan las plagas, tal como hacían mis antepasados, he reducido el uso de pesticidas en un 80%, y si antes, siguiendo los consejos de la Universidad de Murcia, usaba 2.000 kilos de abono por hectárea, hoy no paso de 400". Gracias a ello, "la tierra vuelve a tener la vida que recuerdo de pequeño". "Han vuelto los gusanos que cogíamos para pescar en el Segre y eso me convence del poder de recuperación de la tierra cuando dejamos de maltratarla".
Monsanto, Syngenta, Dupont, Bayer y Fitó dominan el mercado de las semillas en Catalunya. Comercializan variedades que, según su criterio, aumentan el rendimiento de la tierra y reducen el impacto ambiental.
Cada cosecha le supone a Pàmies un gasto de 54.000 euros en semillas. Semillas que, para sus tres millones de lechugas, podría obtener con apenas un centenar de plantas. Las semillas de estas plantas, sin embargo, no le pertenecen. Aunque la lechuga sea suya, las semillas son de la compañía.
"No debería hacerse negocio con las semillas - opina- porque ellas son el origen, el nuestro también. Insisto en que somos lo que plantamos y que, por desgracia, países como Catalunya han perdido la soberanía sobre las semillas, lo que supone haber perdido soberanía sobre el territorio y la cultura".
La pérdida de la biodiversidad agraria, según Xavier Farré, técnico en producción vegetal de la Generalitat, es el peaje del progreso. "La agronomía es una ciencia que debe conseguir productos de más calidad, más resistentes. Las alteraciones genéticas mejoran la raza de las especies autóctonas".
En sus largas expediciones por los campos catalanes, Casas no ha encontrado maíz que no esté contaminado por un transgénico: "La coexistencia con el normal es imposible". El cultivo del transgénico ha crecido con tanta fuerza que ha contaminado, según su opinión, los otros cultivos. En el Baix Empordà el maíz Del Queixal - llamado así porque los granos tienen forma de muela- se ha perdido: "No hemos encontrado ni una planta que no esté contaminada".
El maíz es el único cultivo modificado genéticamente (MG) que autoriza la UE. Hay 17 variedades autorizadas. El más común incorpora un gen que lo hace resistente al taladro. La incidencia de este insecto, sin embargo, según Casas y Pàmies, no justifica tanto maíz MG, teniendo en cuenta, además, que cuanto más se refuerza la planta más se fortalece el insecto, "creando una espiral ilógica".
Farré subraya que "son los campesinos los que deciden. La Generalitat no entra". Considera, asimismo, que el maíz MG apenas contamina otros cultivos. Admite, sin embargo, que la Generalitat no inspecciona los campos porque "no hay una normativa que nos obligue a ello". Tampoco hay forma de sancionar al agricultor que incumpla las normas y oculte el cultivo de maíz MG. Aun así, insiste en que los transgénicos no son dañinos para las personas. Casas opina que este no es el problema, sino la imposibilidad de decidir, libremente, si se quiere consumir transgénicos o no. "Estamos condenados a consumirlos", afirma.
Con sus cerca de 20.000 hectáreas de maíz MG, Catalunya es una de las regiones de Europa con más transgénicos. Alemania no tiene más de 8.000. Francia, Italia y Grecia, tres países con agriculturas similares a la catalana, no tienen ninguna. Andalucía, tampoco, España, sin embargo, suma más de 53.000, con Aragón al frente.
Pàmies y Casas pertenecen a una corriente, cada día más arraigada, de personas convencidas de que otro sistema de producción agrícola es posible. Gente afiliada a Asamblea Pagesa y la Red de Semillas, un grupo de intercambio gratuito de semillas.
Pàmies considera que tanto la Generalitat como las universidades defienden, por encima de todo, los intereses de la agroindustria: "Es muy significativo que no haya ninguna licenciatura sobre agroecología en Catalunya".
Casas lleva diez años dedicada a catalogar las variedades vegetales de Catalunya, garantizar su existencia y valorar su viabilidad comercial. "Catalunya - reflexiona- debería apostar por una agricultura de calidad y de proximidad". Su ideal es un sistema de explotaciones pequeñas y próximas al ciudadano, donde sea posible que el productor y el consumidor se den la mano. El agricultor plantaría respetando el barbecho y la rotación de cultivos, "porque la tierra debe descansar y cuando no la dejamos por culpa del monocultivo intensivo estamos obligados abonarla con productos que no respetan su equilibrio". "Esta agricultura ecológica y sostenible - añade- no ha de ser más cara. Al contrario, porque su coste sería el real, es decir, no como ahora, que al precio de cada producto deberíamos añadir el coste de la contaminación que hemos causado para cultivarlo y el coste del tejido social que se destruye con las grandes plantaciones". Casas sueña con que, "dentro de 30 años, si seguimos perseverando", las viejas semillas de siempre, "las que la naturaleza nos da", volverán a ser hegemónicas, y con ellas será posible recuperar la tierra y su cultura.
Debate por el origen de los alimentos. La biodiversidad del campo, en peligro
La planta con sabor a azúcar
El cultivo de la stevia, una planta originaria de Paraguay, ilustra las dificultades que agricultores como Josep Pàmies tienen para introducir nuevas variedades en Catalunya.
Las hojas tienen 300 veces más poder edulcorante que el azúcar. Es ideal para diabéticos e hipertensos. También actúa como bactericida, con lo que es buena para combatir la caries.
Los japoneses la valoran mucho. La plantan junto a las tomateras para que los tomates sean más dulces y, de paso, se vendan más caros. En España, sin embargo, estuvo prohibida hasta el 2003, y aún hoy Pàmies no puede venderla indicando en la etiqueta que es un edulcorante. "Es evidente el peso, en esta normativa tan restrictiva, de una multinacional como Monsanto, inventora de la sacarina y productora de insulina transgénica para los diabéticos".
El cocinero Quique Dacosta, del restaurante Poblet, la está estudiando en profundidad MERCÈ GILI y Pàmies opina que los chefs de vanguardia como él deben ser la punta de lanza que ayude a sensibilizar a la población. En su invernadero, donde cultiva plantas y flores comestibles para restaurantes como El Bulli - "Ferran Adrià ha pedido capuchinas y begonias"- y Mugaritz, crece diente de león, bueno para el hígado; albahaca morada, con un compuesto hipoglucémico que puede ser bueno para los diabéticos; capuchina, que es un bactericida natural, y coles que, según Pàmies, gracias a su gran resistencia a la oxidación, deberían investigarse para combatir el cáncer.
Fuente: La Vanguardia