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El programa michoacano de biofertilización

Marx Aguirre Ochoa/Cambio de Michoacán

Jueves 16 de Marzo de 2006

El campo mexicano se encuentra en crisis y Michoacán no escapa a esta condición. ¿Por qué una crisis?, porque la solución a los problemas que enfrenta no pueden resolverse con las medidas esenciales, en materia orgánica o en materia de fomento productivo y comercial. Hoy, el campo demanda recursos de distinto tipo, pero también de imaginación y creatividad.

El reparto de tierras en el siglo pasado destruyó la vieja estructura latifundista y en su lugar surgió una nueva estructura agraria que tenía como elementos básicos al ejido, la comunidad de origen indígena y la pequeña propiedad. Las responsabilidades otorgadas a los beneficiarios del reparto de tierras consistían fundamentalmente en producir los alimentos que demandaban una creciente población, así como las materias primas indispensables para la industria y la exportación que permitiera mantener los equilibrios en la balanza comercial.

Al gobierno correspondió propiciar los apoyos técnicos, financieros, de comercialización, de capacitación y organización de los productores, teniendo como objetivos esenciales el fortalecimiento de la soberanía y autosuficiencia alimentaria, que permitieron crecimientos espectaculares en el producto agropecuario final.

No obstante a mediados del siglo pasado, en el marco de una tendencia decreciente de la producción y productividad surgió la llamada «revolución verde», iniciando así el gran proceso de reconversión agrícola a partir de los fertilizantes químicos, los herbicidas y pesticidas y dejando a un lado la sabiduría campesina acumulada en milenios, para conservar y mantener suelos, cosechar alimentos sanos y mantener la limpieza del medio ambiente.

Las experiencias no han sido tan buenas, con el deterioro de la tierra, el surgimiento de novedosas plagas y enfermedades, contaminación de aguas y la disminución acentuada de los rendimientos productivos, junto a la elevación de los costos y la presencia de incentivos para producir, ha considerado más las ganancias monetarias en lugar de las necesidades de la gente.

México ha perdido paulatinamente soberanía alimentaria, en su significado de decidir por sí mismo lo que debe producir y lo que debe consumir. La modernización del sector agrícola ha tenido un profundo impacto económico y social, derivado de un supuesto progreso agrícola relacionado con la capacidad productiva exportadora, independientemente de las necesidades que la sociedad tiene para alimentarse. La obtención de los insumos necesarios, como las semillas genéticamente mejoradas, fertilizantes y otros químicos con efectos residuales, ha llevado al envenenamiento de las tierras y al consumo de productos no sanos para la población.

Los costos han sido grandes, en los índices de enfermedades cancerigenas, destrucción de la biodiversidad, aumento de plagas y al deterioro y contaminación de suelos y aguas con el resultado final de que la balanza agropecuaria se ha traducido en el hambre del pueblo.

En este contexto recientemente el gobierno del estado de Michoacán, a través de la Secretaría de Desarrollo Agropecuario, ha puesto en marcha un importante programa en materia de agricultura orgánica y transformación productiva, como parte de los esfuerzos de una política agropecuaria sustentable. En esta dirección se ha iniciado el Programa Estatal de Biofertilización, que busca fomentar el uso de los fertilizantes biológicos, buscando mayor rentabilidad en la agricultura y sustentabilidad de la misma en el largo plazo para contribuir a elevar la competitividad de la agricultura del estado. El programa según se ha anunciado comprende la distribución de biofertilizantes, capacitación, asistencia técnica y la identificación de promotores campesinos y representantes de grupos y organizaciones, dispuestos a comprometerse con un objetivo de alcances históricos.

Una tarea de esta naturaleza y magnitud tendría que disponer de los más amplios consensos de los distintos sectores de la sociedad michoacana, teniendo en cuenta que no será fácil vencer las resistencias que ofrecen los hábitos productivos, así como también la oposición de quienes se dedican a la producción, distribución y venta de los productos agroquímicos. Sin duda alguna, el campo michoacano puede desarrollar una agricultura preponderantemente orgánica, ese es el camino, y las tendencias de consumo y de mercado orgánico son el futuro.

Es un buen inicio y el reto vale la pena porque está asociado a la posibilidad de que Michoacán se distinga por su especialización en las prácticas agrícolas orgánicas, para hacer a su pueblo más saludable y a su economía mucho más competitiva en escala nacional e internacional.